EDIPO REY según SOFOCLES

Teatro Nacional de Drama de Lituania

Lithuanian National Drama Theatre

Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá - Abril 2000

Director: Rimas Tuminas

Versión del Lituano a Español: L. Klemas

MACBETH según Shakespeare FITB 2002

Ecología, Energía y Economía para un Entorno Sostenible

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 Agosto 2000


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Esta obra  escrita hace 2440 años, es de particular actualidad y alto valor pedagógico para las condiciones en las que se debaten nuestras sociedades y el hombre contemporáneo. Esperamos que encuentren aquí claves importantes ... y que lo disfruten.

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Una plaza en Tebas, frente al palacio del Rey. Un grupo de jóvenes,
conducidos por el sacerdote adivino, adornados por coronas de olivo
y cintas blancas, llegan, y luego de colocar las ofrendas se sientan frente al altar

Edipo sale de su palacio

ADIVINO:
Gran Edipo Señor de nuestra tierra,
Henos aquí todos reunidos frente a tu altar:
Desde niños indefensos hasta los más ancianos,
Y yo, ministro de Zeus, y ellos, exponentes de nuestra juventud,
El pueblo suplicante, en todas las plazas públicas,
Frente a los dos templos de Palas, y cerca al santuario
Donde yacen las cenizas de Ismenio,
Pues la ciudad, como ves tu mismo, se hunde,
Sacudida terriblemente, en un mar de desgracia,
No puede sostenerse ante las sangrientas olas,
Que ya cubren sus cabezas.
Perecen y se secan los frutos de la tierra,
Perecen los rebaños, y abortan las mujeres,
Los dioses enfurecidos y la desalmada peste,
Transforman en cementerio la ciudad,
Y se vacian las casas de Cadmos.
Y el sombrío Hades atesora con nuestras lágrimas y gemidos.
Pero tú, recien llegado a la ciudad de Cadmos,
Nos liberaste del tributo que imponía la Esfinge,
Con sus mortales acertijos,

La Esfinge le pregunta:

Existe sobre la tierra un ser bípedo, y trípedo, y cuadrúpedo,
Del mismo nombre. Sobrepasa todo cuanto se mueve
En el aire, en las aguas y sobre la tierra.
Pero cuando se apoya en más pies es más lento.

Y Edipo repondió asi:

Escucha aún que no quieras, pregonera de mortales acertijos,
Esta es mi respuesta y terminará tu maleficio:
Ese ser es el hombre. Nace débil y mudo,
Al comienzo se arrastra por el suelo en cuatro patas,
En los primeros años corretéa a diario mientras su cuerpo crece
Y hé ahí al bípedo que marcha con paso firme.
Pero al envejecer toma en sus manos un bastón,
Como tercer apoyo para sostener su cuerpo doblegado.

Salva la ciudad, tú hombre entre los hombres.
Libertador, proclama el pais a quien hoy ordena el primer paso.
Quién dirá bien de tu reino,
Si después de habernos levantado, volvemos a caer?
Restaura la ciudad en piso firme.
Buenas señales te acompañaron cuando nos trajiste fortuna.
Si gobernar al pais deséas, como antes gobernaste,
Mejor poblado por gente que vacío,
Como fortaleza sin defensores, o como nave sin timonel.

EDIPO:
Pobres hijos. No lo ignoro: yo sé cual és
La esperanza que los tráe. No es para mí un secreto.
Que todos sufren, pero ninguno sufre como yo.
Pues vuestro dolor es personal, de cada cual,
Mientras que mi corazón se acongoja por la ciudad,
Por mí  y  por tí.
Así que no me despiertáis de un sueño.
Ya he enviado a mi cuñado Creónte a Delfos
Donde Febo, y ordené preguntar al oráculo,
Que hacer y que decir para salvar la ciudad.
Cuento los dias, y comienzo a angustiarme.
Que le ha pasado, ya tarda demasiado.
Será mi culpa, si a su regreso,
Yo no cumpliera todo cuanto dios me ordene.

SACERDOTE:
Por buen camino van tus palabras:
Pues ya Creonte viene de regreso.
Parece llegar con buenas nuevas, pues
En su cabeza luce una corona de laureles.

EDIPO:
Hijo de Menecéo.
Con qué respuesta del oráculo nos llegas?

CREONTE:
Muy buena. Yo os diré: Los sufrimientos,
Si son bien encausados, pueden traer la dicha.

EDIPO:
Qué te respondieron los dioses? Me confundes.
No encuentro en tus palabras ni consuelo ni razón de inquietud.

CREONTE:
Si deseas hablaré aquí delante de todos los presentes.
Si lo prefires, entraremos.

EDIPO:
Habla delante de todos, pues sufro más por sus desdichas,
Que por las propias mias.

CREONTE:
Puedo anunciar lo que oí de dios.
El poderoso Apolo nos ordena claramente,
Arrancar la mancilla enraizada en esta tierra,
Y evitar que se nos vuelva incurable.

EDIPO:
Y como arrancarla, si no sabemos cual mancilla?

CREONTE:
Debemos desterrar, o lavar con sangre el crimen,
Aquel quien a la ciudad atráe todos los desastres.

EDIPO:
Y quien és aquel, objeto de tal destino?

CREONTE:
Antaño gobernó Layo, nuestro soberano,
Antes que tu tomaras el timón de nuestro estado.

EDIPO:
Sé de él por haber oido hablar, pero jamás lo vi.

CREONTE:
Lo han matado, y dios nos ordena claramente
Castigar sus asesinos.

EDIPO:
En donde estan? como encontrar los rastros
Sin señal, de un crimen tan antiguo?

CREONTE:
En esta tierra - dijo él. Solo buscando
Podréis encontrarlos, de otro modo desaparecerán.

EDIPO:
Donde encontró Layo la muerte?
Fué en su casa, en el campo, o en el extranjero?

CREONTE:
Partió a consultar el Oráculo, según nos dijo,
Y de ese viaje nunca regresó.

EDIPO:
Algún mensajero, o compañero de ruta
Que lo hubiese visto, podría informarnos?

CREONTE:
Murieron, salvo uno que huyó asustado,
Pero tan solo recuerda una cosa ...

EDIPO:
Que? ese solo indicio mucho puede descubrir,
Aunque sea un pequeño rayo de esperanza.

CREONTE:
Una banda lo atacó, dice, y él cayó,
No por la fuerza de uno, sino una multitud.

EDIPO:
Y como algún ladrón llegaría a tal audacia,
Si oro de aquí no le hubieran prometido?

CREONTE:
Algunos pensaron eso, pero cuando Layo murió,
No hubo quién lo auxiliara en la desventura.

EDIPO:
Habiendo muerto el Rey en esa forma,
Que desgracia entorpeció así cualquier pesquiza?

CREONTE:
La Esfinge con sus acertijos engañosos,
Nos hizo mirar bajo los pies y perder así el secreto.

EDIPO:
Voy a sacar todo a la luz desde el comienzo.
Febo tiene toda la razón, y tu tambien Creonte,
Haciendome pensar en la causa del muerto.
Me veréis cual compañero cuando tome
Venganza por el pais, y por dios.
Defendiendo a Layo me defiendo yo.
Que alguien llame aquí a la gente de Cadmos.
Quiero dejar todo bien explicado.
De nosotros depende hallar la paz con dios, ... o perecer.

SACERDOTE:
Levantémonos hijos aquí presentes,
Para alcanzar lo prometido por el Rey.
Y Febo, habiendonos enviado tal acertijo,
Que venga a salvarnos y parar la peste.

Oída la oración, levantan las coronas del altar, y salen los suplicantes
Entran en escena lentamente quince ancianos, conformantes del coro

CORO
Yacen los cuerpos inssepultos, sin piedad en los campos.
Y abonan así la muerte sin fin.
Esposas y madres, viejos y jóvenes,
Corren a los altares - buscando salvación,
Alli gimen, y lloran, y susplican ayuda.
Hija de Zeus, escúchanos y auxílianos.
Jóvenes, el futuro de Cadmos, porqué
Permanecen sentados y tristes, con sus
coronas de olivo, como unos suplicantes?
La ciudad se hunde en el humo de la hoguera.

EDIPO Gritando:
El sufrimiento no tiene fin ni límites,
Todos están ya contagiados.
No hay armas para defenderse.
La tierra es estéril, ya no crecen las verduras,
Y las pobres parturientas ya no alumbran
Por sus llantos adoloridos.
Y los pájaros revolotéan por doquier,
Hacia las orillas oscuras de los dioses.

PRIMER EPISODIO

EDIPO:
Yo soy el habitante más reciente en Cadmos
Por ello os proclamo públicamente:
Qué sabéis de Layo, hijo de Lábdaco,
Quién fué aquel cuya mano lo asesinó?
Venid, os ordeno y decídmelo todo.
Quien tema por ello inculparse - que sepa:
Nada malo le ocurrirá, podrá irse del pais.
Si el asesino es otro, o del extranjero, quien sabe - no lo calle.
Será recompensado y tendrá nuestra gratitud.
Pero si calláis ignorando lo que he dicho,
Por temor personal, o proteger al amigo,
Entonces escuchad lo que hé decidido:
Maldigo a quien lo hizo, ya sea en solitario
Escondido, o en compañía de otros,
Que se arrastre en la desgracia por el resto de sus dias,
Y que nadie más lo acoja, ni le dirija la palabra.
Ahora que gobierno, como sucesor de Layo,
Habiendo heredado su trono y a su viuda esposa,
A nombre de todos esos vínculos,
Como si fuese mi padre, combatiré su causa.
Por él lucharé, y todo haré,
Hasta encontrar al cupable de su muerte.
Si me aprobáis, que la Justicia divina os acompañe,
Y que todos los dioses sean con vosotros.

La gente se dispersa

DIRECTOR DEL CORO:
Ya que me incriminas así, Señor, responderé:
Ni lo maté, ni puedo señalarte al asesino,
Que sea Febo, quien ha ordenado indagar,
El que debe decir quien fué el culpable.

SEGUNDO CORO:
Propongo otra opinión que se me ocurre.

EDIPO:
Aunque hubiese una tercera, decidlas todas.

SEGUNDO CORO:
Sé que Tiresias, como que es el adivino de Febo,
Lo puede adivinar. Consultándole a él, Señor,
Descifraremos el misterio.

EDIPO:
Por consejo de Creonte, ya le envié dos mensajeros.
Extraño que aún no llegan.

TERCER CORO:
Hay otros rumores, antiguos y confusos.

Dicen que fué asesinado por unos viajeros.

Si al asesino le queda aún el miedo,
Tu condena lo asustará y huirá.

Aparece Tiresias conducido por un joven

DIRECTOR DEL CORO:
Ya tráen aquí al sagrado adivino,
Quien tiene el don de la verdad.

EDIPO:

Tiresias, que todo lo sabes, eres el único
Que nos puede ayudar.
Pues Febo dijo a nuestro enviado,
Que solo esperemos el fin de la peste,
Cuando encontremos al asesino de Layo,
Y lo condenemos a la muerte o al destierro.

TIRESIAS:
Esa verdad yo la sabía bien
Pero he olvidado...

EDIPO:
Tiresias, sabiendolo no respondas con desgano,
Te lo rogamos humildemente.

TIRESIAS:
Déjame regresar a casa. No anunciándote
La desventura, la evitaré también a mí.

EDIPO:
Sabes y no dices. Piensas condenarnos a todos,
Y dejar que perezca la ciudad?

TIRESIAS:
No quiero dolor, ni para mí, ni para tí.
En vano me interrogas, nada revelaré.

EDIPO:
Maldito viejo, podrías acabar la paciencia de una roca.
Me lo dirás, o permanecerás obstinado?

TIRESIAS:
No diré ni una palabra más. Si quieres,
Puedes dar rienda suelta a tu furia.

EDIPO:
Ya que me enojas, diré todo lo que pienso.
Que lo sepas: Sospecho que participaste al crimen,
Aunque no hayas asesinado con tus manos. Si no
Fueras ciego, te acusaría de haberlo cometido sin cómplice.

TIRESIAS:
Te acusas a ti mismo, tú eres aquel asesino
Que quieres encontrar.

EDIPO:
Te atreves, sin verguenza, lanzar palabras,
Y acaso esperas salirte sin castigo?

TIRESIAS:
Sí, lo espero, si la verdad aún algo significa.

EDIPO:
Posées la verdad de otros, mas no la tuya.
Eres ciego con tus oidos, tu razón y tus ojos.

TIRESIAS:
Oh Pobre, te burlas de mi por esto,
pero pronto se burlarán de ti..

EDIPO:
Este cuento es tuyo, o de Creonte?

TIRESIAS:
No es Creonte tu desgracia - sino tú mismo.

EDIPO:
Oh riquezas y poder,
Llenáis de odio esta vida,
Qué envidia terrible guardáis,
Si es por mi gobierno, que sin pedir,
La ciudad me otorgó como regalo,
Creonte, mi viejo y entrañable amigo,
Se arrastra a traición para derrocarme,
Metiendo al adivinador ese, sobornado,
Astuto charlatán, con vista de halcón para su beneficio,
Pero en lo del arte de avinar - ciego!
Dí donde estabas, clarividente hablador?
Porqué callaste cuando la Perra de los acertijos,
Cantaba sus enigmas?
Ahí se requería el poder de adivinar,
Que no te dieron ni los pájaros, ni los dioses.
Solo llegado yo, Edipo, sin saber nada, la acallé!
Pensando resolví el acertijo, no por el vuelo de los pájaros.
Créo que tú y tu consejero, llevaréis la culpa,
sonrojados en el destierro.

TIRESIAS:
No soy tu siervo, sino de Apolo.
Y no pido la protección de Creonte.
De mi ceguera te burlas, tú que ves, pero
No ves tu propia desgracia, ni de donde vives,
Ni de tus allegados.
Sabes acaso de quien desciendes? Eres enemigo
Secreto para los tuyos en esta tierra y en el más allá.
Pronto te golpeará la terrible maldición arraigada
En tu sangre por tu padre y por tu madre.
Serás expulsado de este pais.
Entonces, tú que tienes buena vista, quedarás en la noche.
Cuando conozcas el secreto de tu boda, y de tu casa,
Podrás enlodarme a mí y a Creonte.
Sin embargo, no encontrarás humano en el mundo,
Más desdichado por la suerte cruel, que tú.

EDIPO:
Debemos aguantarnos sus palabras?
Vete al diablo y pronto.
Sal de esta casa y sin dejar olor.

TIRESIAS:
Yo digo esto: el hombre que hace tiempo buscas,
Amenazando y anunciandolo a todos, como el
Asesino de Layo, ese hombre habita aquí,
Lo llaman extranjero, y pronto se verá,
Que es Tebano por nacimiento.
Y por su desgracia perderá sus riquezas,
Y buscará su camino con un bastón,
Errando por tierra extranjera.
Y sabrá que es a la vez hermano y padre de sus hijos.
Para su madre es esposo e hijo,
Siendo el rival incestuoso y asesino de su padre.

Tiresias sale acompañdo por el joven. Edipo marcha a su palacio

PRIMER CORO:
Oh cuantos horribles pensamientos
Me produce este adivino,
No debo creerle, pero creele ... No sé qué hacer
Yo correteé con las alas de la esperanza, sin decir ni sí ni nó.
Jamás oí que Layo hubiese sido enemigo del hijo de Pólibo.
Ni antes,  ni ahora:
Cual inculpación, cual prueba,
En opinión de las gentes,
Amenaza a Edipo a la condena eterna?
El hijo de Labdacides es inocente, lo creo, creo, creo

SEGUNDO EPISODIO

CREONTE:
Ciudadanos. He escuchado terribles palabras,
Con las que me acusa Edipo, nuestro Rey.
No lo resisto, me presento. Si en su desgracia
El crée, que le he hecho un mal, en actos
O en palabras, que tenga larga vida y pueda
Ser feliz, si ello fuera cierto.
De donde habrá sacado, que yo haya sobornado,
Al adivino, para propagar palabras inventadas?
Será que viendo bien y con la mente clara,
Haya podido acusarme así?

EDIPO:
Tú aqui? como te atreves. Tan buena conciencia tienes,
Para albergarte bajo mi techo sin verguenza,
Evidente asesino de Layo, y usurpador confeso de mi trono?
Dime por los dioses, me tomaste por un
Cobarde, o por loco, para urdir este complot?
No me daría cuenta, de tus intrigas clandestinas,
O quiza no sabría defenderme?
No es una estupidez, esta pretensión tuya,
Buscar el poder sin riqueza y sin amigos,
Cuando son menester mucho dinero y gente?

CREONTE:
Sabes qué debes hacer? tras haber hablado así,
Escucha mi respuesta y entonces decide lo que quieras.

EDIPO:
Tú sabes bien hablar, pero no deseo escucharte.

CREONTE:
Escucha lo que voy a decirte.
Si piensas ganar con pretensión desmesurada,
Estás equivocado.

EDIPO:
Si crées que el crimen de un pariente,
Permanecerá impune, te equivocas.

CREONTE:
En eso tienes razón, te lo concedo.
Pero explica mejor el crimen que me imputas.

EDIPO:
Me dijiste tú, o no? que debía enviar un
Mensajero en busca del famoso adivinador?

CREONTE:
Si te aconsejé y hoy pienso igual.

EDIPO:
Desde que Layo cayó emboscado,
Pasó ya mucho tiempo sin pista alguna.

CREONTE:
Muchos años han pasado desde entonces.

EDIPO:
Ejercía entonces su oficio el adivino?

CREONTE:
Si, y no menos sabio y respetado que hoy.

EDIPO:
Alguna vez mencionó mi nombre?

CREONTE:
Jamás lo mencionó en mi presencia.

EDIPO:
Y tú, no investigaste el crimen?

CREONTE:
Claro que lo hicimos, pero nada descubrimos.

EDIPO:
Por qué entonces ese sabio no dijo nada?

CREONTE:
Yo no lo sé, y cuando ignoro me callo.

EDIPO:
Podrías decir, qué és lo que sabes bien?

CREONTE:
Como? si lo sé, no lo negaré.

EDIPO:
Pues si [el adivinador] no fuese tu cómplice
No me habría inculpado el crimen de Layo.

CREONTE:
Sí eso dijo, tú lo sabes. Pero tengo tambien
Derecho de interrogarte como tú a mí.

EDIPO:
Puedes preguntarme, pero no me harás un asesino.

CREONTE:
Eres esposo de mi hermana, o no?

EDIPO:
Desde luego, aquí sobra la pregunta.

CREONTE:
Y compartes con ella el gobierno del pais?

EDIPO:
La complazco siempre todos sus deseos.

CREONTE:
Y yo, el tercero, no soy igual a vos?

EDIPO:
Hoy te has comportado como un mal amigo.

CREONTE:
Oh no. Si calcularas como yo, piensa primero
Quien puede ser más feliz: el que gobierna,
Con sus preocupaciones y temores, o quien
Puede, tranquilo gozar del poder?
Nunca he querido tenerlo, ni por designio del Rey,
Ni por mi voluntad. Nadie que tenga sano juicio lo desea.
Ahora tranquilo, obtengo todo de tí.
Si yo mismo gobernara, tendría que aguantar mucho.
Por qué habría de serme más grato el trono del Rey,
Que el poder y el gobierno sin responsabilidad ?
No soy tan tonto para desear otra cosa
Que beneficios y honores.
Hoy todos me saludan y respetan.
Los que buscan tus favores se dirijen a mí:
Debería yo renunciar a esto por aquello ?
Nó, sería una locura. No aspiro a nada de eso,
Menos apoyado por un cómplice.
Si quieres comprobarlo vé a Delfos y pregunta,
Si no anuncié correctamente la profecía.
Entonces, si estableces que conspiré con el adivino,
Si fuese así, podrás pedir mi cabeza, y lo apruebo.
Pero sin estar seguro, no me culpes.
Qué fácil es tomar por buenos a los sátrapas,
E indilgar a la gente buena.
Echar un buen amigo, no es otra cosa,
Que derrumbar lo más preciado en nuestra vida.
Con el tiempo lo entenderás más claramente.
Solo el tiempo muestra al fin al hombre honesto.
Para desenmascarar al traidor, un dia basta.

DIRECTOR CORO:
Ha hablado bien en su defensa, Rey.
Quien juzga pronto, arriesga equivocarse.

EDIPO:
Si no respondo pronto todas sus calumnias,
Se cumplirán para derrotarme.

CREONTE:
Qué quieres ? desterrarme ?

EDIPO:
Oh no, tu muerte quiero, no el destierro.

CREONTE:
Te equivocas, lo veo claramente.

EDIPO:
Créo en mí.

CREONTE:
Podrías creer en mí.

EDIPO:
Eres un infame.

CREONTE:
Y si te equivocas ?

EDIPO:
De todos modos, has de obedecer.

CREONTE:
A un mal gobernante - Jamás!

EDIPO:
Oh ciudad, ciudad.

CREONTE:
Tambien soy ciudadano, no solo tú.

JEFE CORO:
Señores, tranquilizáos. Oportuna llega Yocasta
Con su ayuda deberéis resolver la disputa.

YOCASTA:
Por qué dejáis la lengua suelta en tontas disputas?
No os averguenza, contar ofensas,
Cuando el pais sufre así?

CREONTE:
Oh hermana, Edipo tu marido, con un castigo
Terrible amenaza, dándome a escoger uno de dos:
O el destierro, o la muerte.

EDIPO:
Solo la muerte.
 
CREONTE:
Que no me alegre nunca, y muera maldito,
Si te he hecho algo de lo que tú me acusas.

YOCASTA:
En nombre de los dioses, Edipo, confía en él,
Por respeto al juramento hecho ante los dioses
Y ante mí, y ante todos los presentes.
Regresa a palacio, y tú Creonte, vete a casa.
No hagas la desgracia de algo sin importancia.

CORO:
Que tu corazón y mente
Sean generosos, te suplico.

EDIPO:
Queréis que me arrodillé?

CORO:
Antes no fué malo, y ahora lo juró.
Perdónalo.

EDIPO:
Saben lo que me piden?

CORO:
Sabemos.

EDIPO:
Entonces díganlo.

CORO:
Al que ha jurado no lances
Semejante culpa sin pruebas.

EDIPO:
Sabed bien que al pedirme esto,
Estáis pidiendo mi muerte y mi destierro.

CORO:
Que Helios, dios de los cielos, sea nuestro testigo:
Que nos quedemos sin dioses y sin la compasión de los amigos,
Si tenemos tales pensamientos en el corazón.
El corazón se agobia con los males del pais,
Y qué será, cuando a ellos se sumen
Los males de vuestra discordia?

EDIPO:
Que se vaya, aunque tenga que dar mi cabeza,
O ser desterrado en la verguenza.
Vuestra oración me enternece el corazón,
Pero lo detestaré donde me encuentre.

CREONTE:
Ahora estás furioso por perdonar, y lo lamentas.
Cuando pase tu cólera,
Soportarás tu propia compañía
Como una carga aplastante.

EDIPO:
Me dejarás, o nó ?

CREONTE:
Me iré denigrado por ti,
Para los demás seré el mismo.

YOCASTA:
En nombre de dios, dime Oh Rey,
Por qué tu corazón se enoja así?

EDIPO:
Me ha llamado asesino de Layo.

YOCASTA
Lo concluyó él mismo, o lo oyó de otros?

EDIPO:
Me envió al malvado adivino,
Para no manchar sus propios labios.

YOCASTA:
No pienses más en esas cosas,
Créeme y escucha: no hay ningún mortal que sepa
Pronosticar. Te lo demostraré con un buen ejemplo.
En cierta ocasión un oráculo, no digo Febo,
sino alguno de sus dioses, predijo a Layo,
Que su destino sería morir por un hijo,
Que nacería de él y de mí.
Sin embargo, según cuentan, fué asesinado por bandidos,
En una encrucijada de tres caminos.
Al tierno crío, de tres dias de nacido el pobre,
Ató los pies y por mano ajena echó en la montaña.
Así que Apolo no cumplió la profecía: ni al hijo,
Que crecido mataría a su padre, ni a Layo que sería
Asesinado por su hijo, cosa que mucho temía.
Así que las palabras del adivino se desvirtúan.
No hay que hacerles caso. Cuando el dios deséa
Que algo séa sabido, él mismo lo manifiesta.

EDIPO:
Me parece haber oido decir que Layo
Fué muerto en un cruce de tres caminos?

YOCASTA:
Eso dijeron todos y se dice todavía.

EDIPO:
Layo iba como simple caminante,
O como gobernante con escolta acompañante?

YOCASTA:
Eran cinco en total, y él entre ellos.
Layo viajaba en un coche.

EDIPO:
Dime Reina, quien te trajo esas noticias?

YOCASTA
Su criado que escapó solo.

EDIPO:
Aún vive en nuestra casa?

YOCASTA:
Ya no. A su regreso, al ver que el gobierno
Estaba en tus manos, habiendo perecido Layo,
Me tomó de la mano y me rogó que lo enviase al campo,
A apacentar rebaños, para no tener que ver más la ciudad.
Yo lo envié, aunque por ser un siervo ejemplar,
Habría podido alcanzar mayor reconocimiento .

EDIPO:
No podría venir aqui pronto?

YOCASTA:
Podría venir. Para que lo quieres?

EDIPO:
Temo, mujer, ya haberte dicho demasiado.

YOCASTA:
Vendrá el criado. Pero yo merezco, Rey,
Saberlo todo, cuando ello te entristece tanto.

EDIPO:
Nada te será secreto, cuando mi temor ha avanzado tanto.
A quién de más cercano podría confesarme,
Al punto que han llegado mis desgracias?
Pólibo de Corinto fué mi padre, y
Mérope nacida en Doria, mi madre.
Fuí honrado como el primer ciudadano,
Hasta que algo ocurrió, apenas digno de mención,
Pero que no merecía tomarlo a pecho.
Durante una cena y habiendo tomado vino,
Un invitado me llamó hijo adoptivo.
Herido en mi orgullo sufrí ese día, y al día siguiente
Pregunté a mi madre y a mi padre.
Ellos se indignaron con el hombre por lo dicho.
Me alegró esta respuesta de ellos, pero esa herida
Siempre ardía, no dejando tranquilizarme, pues se clavó muy hondo.
En secreto de mis padres, partí y me dirijí a Delfos,
Pero Febo me dejó sin respuesta la pregunta,
Y solo me develó terribles desgracias y sufrimientos,
Proclamando que estaba prometido desposar a mi madre,
Tener hijos con ella, terribles para las costumbres humanas,
Y me convertiría en el asesino de mi padre.
Habiendo escuchado aquello, huí de Corinto.
Donde me llevaron las estrellas del camino y mis pies.
Y así llegué hasta el lugar, donde dices el Rey fué muerto.
Cuando llegué al cruce de los tres caminos, me encontré
Con un pregonero que precedía una carroza de jóvenes caballos,
Y un hombre, como has descrito, avanzaba hacia mí,
Querían obligarme que me retirara del camino,
El mismo viejo y su cochero. Furioso golpeé al primero,
Y el viejo al ver aquello, al pasar a mi lado su carro,
Descargó su látigo en mi cabeza, pero a él le fué peor:
En menos de un parpadéo recibió un bastonazo,
De estas mismas manos mías. Cayó de espalda al piso
Sobre al camino, al lado de las ruedas.
Entonces los maté a todos ... Si aparece ahora un nexo
Entre aquel viejo y Layo, quien será más infeliz que yo?
Yo mismo me causé tal maldición.
Mis manos manchan la santa sábana del difunto,
Las mismas que lo mataron. No soy pues,
Un desgraciado maldito por todos?
Llegado este día, despareceré. Ya no podré mirar
A los ojos de los míos, y no veré la mancha,
De esta desgracia que me marca.

DIRECTOR CORO:
Tu historia nos conmueve, soberano,
Pero sin haber escuchado aún al testigo, ten esperanza.

EDIPO:
Dices esperar que llegue aquel pastor de las praderas?

YOCASTA:
Y qué consolación esperas de su testimonio?

EDIPO:
Has dicho que aquel fugitivo declaró, que Layo fué
Asesinado por asaltantes. Así que si ahora repite
La misma historia - yo no fuí quien lo mató.
Pero si dice que fué uno solo, entonces será claro,
Que esta horrible culpa recáe sobre mí.

YOCASTA:
Aquellas palabras que dijo, las mismas yo conté.
Y hoy no puede desdecirse: Toda la ciudad lo escuchó,
No solo yo. Pero si cambia sus palabras,
No demostrará con ello, Señor, que Layo en verdad murió,
Tal como ordenó Apolo, que debería morir,
De la mano de mi hijo. Pero ese desdichado,
Jamás habría podido matarlo, pues pereció antes que él.
Así que en adelante, no creo los presagios, ni ahora... ni otra vez.

EDIPO:
Pero envía a alguien en busca del pastor,
No tardes más.

YOCASTA:
Lo enviaré enseguida.
Nada haré que no te sea grato.


FIN PRIMERA PARTE
CIERRA EL TELON DEL ESCENARIO


SEGUNDA PARTE

CORO 1a Estrofa:
Que el destino nos conceda,
Guardar la santidad augusta de palabras y obras,
Como dictan los mandatos del cielo, su morada natal.
Olimpo - su padre, las parió.
No la mortal mente humana,
Y no envejecerán en la niebla del olvido.
Su poderosa divinidad las inspira a juventud eterna.

1 Antiestrofa:
El tirano engendra la soberbia,
Y la soberbia se embriaga con necedades e imprudencias,
Subiendo los peldaños al pináculo,
Para caer de cabeza al abismo sin fondo,
Donde los pies no hallan piso firme.
Oh! tu, poderoso dios, no dejes perecer
A quien por la ciudad combate.
Mientras que dios nos proteja, no nos rendiremos.

YOCASTA:
Honorables señores de nuestro pais:
He decidido ir a los templos sagrados,
Ofrendar a los dioses con verdes coronas de olivo y perfume.
Edipo sufre demasiado, sumergido en preocupación,
Ya no logra discernir inteligentemente,
Entre la pasado y lo presente.
Solo escucha lo que produce espanto.
No pudiendo yo tranquilizarlo,
Me apuro hacia tí Líceo Apolo,
Nuestro más querido entre los dioses.
Y de todo corazón te ruego, recibas mi ofrenda
Y nos des una salida feliz de este infortunio.
Ahora todos temblamos al verle,
Como un timonel aturdido por el miedo.

MENSAJERO:
Amigos, podrían indicarme
Donde vive el Gran Edipo?
O donde se encuentra?

DIRECTOR DEL CORO:
Este es su palacio, él está adentro.
Y esta su mujer - es la madre de sus hijos.

MENSAJERO:
Seas feliz por siempre.
Felicidad a la mujer del Rey.

YOCASTA:
Felicidad a tí tambien, pues lo mereces,
Por tus buenas palabras. Pero dinos a que viniste,
Y que noticia traes?

MENSAJERO:
Buenas nuevas para tu casa y para tu esposo

YOCASTA:
Dinos cuales y quien te envía?

MENSAJERO:
Vengo de Corinto, y la noticia que traigo,
Te alegrará seguro y quizas te entristezca.

YOCASTA:
Y qué és, con tal doble significado?

MENSAJERO:
En Itsmo la gente deséa ver a Edipo coronado
Como su Rey, según escuché.

YOCASTA:
Como, ahora? el viejo Pólibo ya no reina?

MENSAJERO:
Ya no. La muerte lo envió a la tumba.

YOCASTA:
Que dices hombre, entonces murió Pólibo?

MENSAJERO:
Que la muerte me arranque si digo mentira.

Oh Oráculos de los dioses, en que están ahora?
Temiendo matarle, Edipo hace tiempo huyó de él,
Y ahora, él fué tocado por la mano del destino,
Y no de hombre alguno.

EDIPO:
Yocasta, mi mujer amada.

YOCASTA:
Escucha lo que dice este hombre, y mira
En qué quedaron las santas profecías de los dioses.

EDIPO:
Quien es este hombre y que me dice?

YOCASTA:
El viene de Corinto con la noticia
Que tu padre Pólibo ya no vive, él murió.

EDIPO:
Que dices tu? explícamelo tu mismo.

MENSAJERO:
Si ante todo debo anunciartelo,
Sabedlo bien: él partió al pais de los muertos.

EDIPO:
Sucumbió por una mano criminal. o murió de enfermedad?

MENSAJERO:
El menor quebranto acuesta un anciano.

EDIPO:
La enfermedad lo mató, según parece.

MENSAJERO:
Su larga edad ya debía manifestarse.

EDIPO:
Eh, Eh. Entonces, cara mujer, quién mirará el
oráculo de Delfos, o el graznido de las aves en los cielos,
Los que me auguraron que sería el asesino
De mi padre? El falleció y reposa en la fría tierra,
Mientras que yo, aquí, no he tocado  la espada.
O será que la nostalgia por mi ausencia lo durmió?
Yo sería entonces el responsable.
Pólibo descansa ahora en el pais de las sombras,
Con todas esas profecías que nada significan.

YOCASTA:
No te lo había dicho antes?

EDIPO:
Lo dijiste, pero el temor me impidió comprenderlo.

YOCASTA:
Desde ahora olvídalo y no te inquietes más por ello.

EDIPO:
Y como no inquietarme, lo del matrimonio con mi madre?

YOCASTA:
A que ha de temer el hombre, si el juego del destino
Lo gobierna, y su mente nada cambiará?
Lo mejor es vivir como la fortuna nos permita.
La amenaza del incesto no debe asustarte:
Más de un mortal ha compartido en sueños,
El lecho de su madre. Quien no lo toma a pecho,
vive más facilmente.

EDIPO:
Lo que así bien dices, me convencería,
Si no estuviese viva, pero estando viva,
No puedo no temer.

YOCASTA:
La muerte de tu padre debería tranquilizarte.

EDIPO:
Si, es verdad, pero mientras aun vive, es espantoso.

MENSAJERO:
A cual mujer teméis así?

EDIPO:
A Mérope, esposa del fallecido Pólibo.

MENSAJERO:
Por que ella os asusta tanto?

EDIPO:
La profecía divina es terrible.

EDIPO:
Que con mi madre me acostaría,
Y con mis manos derramaría la sangre de mi padre
Por ello hace tiempo vivo lejos de Corinto.
Encontré aquí mi suerte, pero
Poder verlo sería lo más agradable.

MENSAJERO:
Por ese temor te desterraste de tu pais?

EDIPO:
Para no convertirme en asesino de mi padre, hombre.

MENSAJERO:
El es tu padre tanto como yo, nada más.

EDIPO:
Entonces por que me llamaba hijo?

MENSAJERO:
Por haberte recibido como regalo de mis manos.

EDIPO:
De ti? adoptivo? y aún así, me amó tanto?

MENSAJERO:
El no tuvo hijos.

EDIPO:
Al darme a él, me habías comprado o encontrado?

MENSAJERO:
Te encontré en el valle boscoso del Citerón
Y fuí entonces, hijo mio, tu salvador.

EDIPO:
Sufría mucho cuando me tomaste en tus manos?

MENSAJERO:
Que las articulaciones de tus pies te lo testimonien.

EDIPO:
Ay de mi, qué antiguo sufrimiento me revelas.

MENSAJERO:
Solté las ligaduras que habían penetrado en tus tobillos.

EDIPO:
Cruel ultraje me acompaña desde mis pañales.

MENSAJERO:
Por ese suceso es que llevas el nombre Edipo.

EDIPO:
Fué mi madre o mi padre? por dios dímelo.

MENSAJERO:
Yo no lo sé. El que te entregó lo sabrá mejor.

EDIPO:
Me recibiste de otro, o me encontraste tu?

MENSAJERO:
Otro pastor te entregó a mi.

EDIPO:
Cual otro? me puedes explicar mejor?

MENSAJERO:
Solo esto: él se decía servidor de Layo.

EDIPO:
Aún vive? podría verlo?

MENSAJERO
Ustedes de aquí pueden saberlo mejor.

EDIPO (al coro)
Traigan al pastor.
Es hora de esclarecer todo.

EDIPO:
Crées tú, mujer, que el pastor que mandamos llamar,
Es el mismo que menciona el visitante?

YOCASTA:
Qué? que dijo este? no prestes atención.
De lo dicho no quieras acordarte, olvídalo!

EDIPO
No puede ser que yo, teniendo estas noticias,
No esclareciera quienes son mis padres.

YOCASTA:
Oh, por los dioses, si aprecias tu vida,
No indagues más. Basta ya con lo que sufro.

EDIPO:
No temas. Si resuilta claro que yo soy esclavo
de tercera generación - no por ello te dehonrras.

YOCASTA:
Te ruego, escuchame y no hagas eso.

EDIPO:
No te escucharé hasta que todo quede claro.

YOCASTA:
Es por tu bien que te aconsejo.

EDIPO:
Por ese bien me atormento hace tiempo.

YOCASTA:
Que por infortunio, no llegues a saber quien eres.

EDIPO:
Alguien me traerá por fin al pastor?

YOCASTA:
Oh, qué infeliz eres.

EDIPO:
Alguien me traerá al fin a ese pastor?

YOCASTA:
Me das lástima.
Solo eso puedo decir de ti, nada más.

EDIPO:
Quiero conocer mi origen, por bajo y humilde que sea.
Ella se guía por la vanidad, como mujer que és.
Y le apena mi origen ordinario.
Yo me proclamo hijo de la fortuna.
Ella es buena y no me averguenza.
Ella es mi madre y los meses mis parientes:
determinaron mi bajeza y mi grandeza.
Así nací, y jamás podré ser otro, que no querría encontar su origen.

EDIPO:
Si he de adivinar sin nunca haberlo visto,
Ahora creo ver al pastor que buscamos.
Preguntaré primero al huesped de Corinto
Es él a quien recuerdas?

MENSAJERO:
El mismo que tú ves.

EDIPO:
Eh, tú anciano, mírame a los ojos y contesta
Mi pregunta: perteneciste al servicio de Layo?

PASTOR:
Sí, fuí su esclavo, no comprado sino criado en su casa.

EDIPO:
Conoces tú a este hombre de Corinto?

PASTOR:
Por que preguntas? a cual hombre te refieres?

EDIPO:
El que aquí parado está. Tuviste relación con él?

PASTOR:
De memoria no puedo responder así de pronto.

MENSAJERO:
No es extraño, señor, pero le recordaré lo olvidado,
Pues sé que él recuerda cuando en las colinas del
Citerón pastoreábamos juntos. El dos rebaños,
Yo uno solo, durante tres veranos, desde primavera
Hasta fin del otoño. Llegado el invierno partíamos
Ambos de regreso, yo a mis establos, él a los de Layo.
Fué así, como digo, que hicimos?

PASTOR:
Verdad es lo que dices, aunque eso fué hace mucho.

MENSAJERO:
Dime ahora, si lo recuerdas, como me diste al niño,
Para que lo criara como mío?

PASTOR:
Para que todo eso? Por que me interrogas?

MENSAJERO:
Mira amigo, he aquí nuestro crío.

PASTOR:
Que te mueras, si aún no callas.

EDIPO:
No lo reprendas, anciano. No es a sus palabras
Sino más bien a las tuyas que debería castigar.

PASTOR:
De que soy yo culpable, excelente señor?

EDIPO:
De nada decir sobre el niño que él pregunta.

PASTOR:
El habla lo que ignora. Se esfuerza en vano.

EDIPO:
Si no dices por las buenas, lo dirás llorando.

PASTOR:
Por los dioses, no me maltrates, pobre de mí.

EDIPO:
Diste el niño a este hombre, como afirma?

PASTOR:
Lo entregué. Mejor hubiera muerto ese día.

EDIPO:
Morirás si no me dices la verdad.

PASTOR:
Ya lo he dicho, que le entregué al niño.

EDIPO:
Donde lo obtuviste? era tuyo o de otros?

PASTOR:
El nació en casa de Layo.

EDIPO:
De quien? esclavo, o familiar del Rey?

PASTOR:
Era considerado hijo de Layo. Pero como fué eso,
Tu señora lo puede decir mejor.

EDIPO:
Entonces fué ella quien te entregó la criatura?

PASTOR:
Es verdad, Señor.

EDIPO:
Con cual fin?

PASTOR:
Para que yo lo matara.

EDIPO:
Su madre hizo eso?

PASTOR:
Ella temía las profecías.

EDIPO:
Cuales?

PASTOR:
Que el niño mataría a sus padres.

EDIPO:
Y porqué tu lo entregaste a este anciano?

PASTOR:
Por compasión, señor. Pensé que él se
Lo llevaría bien lejos, a su pais.
Pero él lo salvó para una desgracia terrible.
Si en verdad tú eres quien él dice,
Sabed que la peor desgracia fué para ti haber nacido.

EDIPO:
Oh Sol, alúmbrame por última vez.
Que he nacido de los que no debía.
Yo que viví con quien era prohibido,
Y maté a quien no debía quitar la vida.

CORO:
Que insignificantes me parecen todas vuestras vidas.
Habrá encontrado la suerte aquel,
Cuando apenas alumbrada se le apaga?
Así que debemos todos recordar el último día,
Y a ningún mortal proclamar feliz,
Antes de su fín sin haber sufrido.

EDIPO:
Oscuridad, Oscuridad...
Noche sin fin, su espanto las palabras no pueden expresar,
Ella supera a la fuerza humana.
Desterradme, desterradme pronto.
Maldito de todos, detestado por los dioses,
Más que cualquiera , aquí en la tierra.
Nada me queda para reprochar o aconsejar
No sé con qué ojos podría mirar a mi padre en el reino de Hades.
Y a mi pobre madre: por todo lo que a ambos hice,
No habrá castigo suficiente.
Como podré mirar a mis hijos?
Si se taparan mis oidos para no oir,
Para desconectar del todo el pobre cuerpo mío,
Sería ciego y sordo para vivir sabroso,
Cuando los sufrimientos superan los límites humanos.
 

RELATOR:

Para resumir la historia brevemente os diré,

Que la divina Yocasta está muerta.
Como loca de horror corrió a su alcoba y se lanzó
Sobre la cama nupcial, arrancándose los cabellos con sus manos.
Desde adentro cerró la puerta de un golpe.
Gritó por Layo, su difunto esposo,
Rememoró el fruto de su amor, por el cual él murió,
Dejando así a la madre del asesino, para que luego
Fuera la progenitora de sus hijos.
Maldijo el lecho donde parió dos generaciones,
De su esposo, un esposo, de su hijo, otros hijos.
Como murió exactamente no lo sé.
Pues Edipo irrumpió, distrayendo nuestra mirada
De su amargo fin: Solo le mirábamos a él, que se
Contorsionaba y nos pedía a gritos una espada,
Y que dijeran donde estaba su mujer y madre,
Que en su seno habia llevado a él y a sus hijos.
En esa confusión algún dios se la mostró,
no fué Ninguno de nostros.
Lanzando gritos terribles y como si alguien le guiara,
El se lanzó sobre la puerta, y abriéndola a golpes,
Irrumpió en la alcoba.
Entonces vimos a su mujer, colgada de una soga,
Que apretaba su cuello con un nudo.
De horror gimió desesperado, deshizo el nudo,
Y entonces la pobre se escurrió al suelo. Era terrible ver.
El entonces arrancó los broches de oro que adornaban
Sus ropas, y enseguida los clavó en sus ojos,
Exclamando que así ya no vería más, ni su miseria, ni su crimen.
En la oscuridad no volverían ver a quien no debía ver,
Y que mejor jamás hubieran visto.
Gritando así se punzaba los ojos una y otra vez
La sangre que corría le bañaba hasta la barba
No eran gotitas lo que fluía de sus ojos
Era un un torrente oscuro, como una granizada de sangre
En todo esto ambos fueron los artífices, y la
Desgracia acabó con la mujer y con el hombre.
Su antigua felicidad fué en su momento verdadera.
Ahora no es más que culpa,  muerte,   verguenza,
De todos los males que tienen nombre, ninguno falta.

FIN





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